Y ahora qué?

Este año me graduaré, por fin, y hace unos días cayó en mis manos un artículo de opinión de Ramón J. Moles (ex secretario general de Universitats de la Generalitat de Catalunya) dónde analizaba el Barómetro de empleabilidad de los universitarios en España de 2015.  Dicho análisis trataba sobre que futuro se habían encontrado 13.000 estudiantes que se graduaron en 46 universidades distintas durante el curso 2009-2010.

Los resultados muestraban que el 37% de ellos encontró trabajo gracias a conocidos y amigos, muy por delante del trato con empresas y portales especializados o servicios universitarios de empleo, que sólo sirvieron al 7%. Tal vez hay quien piense que recurrir a conocidos va contra la igualdad de oportunidades, pero desgraciadamente es lo que realmente funciona, lo importante es tener contactos y enchufes que te puedan colocar bien (aquí en Catalunya se dice “tenir padrins”).

Es obvio que la universidad no puede servir sólo al objetivo de la empleabilidad de sus graduados, pues se debe a otras funciones principales (docencia, investigación, transferencia de conocimiento o reequilibrio territorial) aunque el modelo universitario debe responder, también, a unas expectativas generadas de modo no casual: a más alumnos matriculados, aún a costa de decepcionar expectativas, mayor financiación.

tumblr_mrkmu6vcwo1qhtxg3o1_500Dicho claramente, la universidad ya no es un ascensor social ni tampoco una garantía de empleo. Sí es un servicio público indispensable para el progreso de las gentes, de su cultura y de su economía. Pero, ¿Eso implica que las universidades pueden hacer objeción de una necesidad de sus graduados como es la de encontrar empleo? Está claro que no. Pero para ello es preciso que se actúe en dos direcciones. La primera, situar las expectativas en su punto razonable, que los estudiantes sepan que pese a no ser una oficina de empleo, sus universidad harán todo lo que esté en su mano para acompañarles en su acceso al mercado de trabajo, ya que de este modo ganarán mayor fama y prestigio. Más alumnos formados en sus aulas con puestos de trabajo relevantes.

La segunda, que esto sea cierto, y para que lo sea las universidades deben evolucionar. Deben renovar la docencia para, además de justificar intereses meramente académicos, acercarla también a intereses sociales generales. Acentuar aún más el papel de sus consejos sociales. Aproximarse a las empresas para aprender de ellas. Desburocratizarse. Invertir en imaginación. Participar en la formación profesional superior. Flexibilizar sus servicios de empleo. Ganar prestigio para invertirlo en apoyar a sus estudiantes. Financiarse, también, en función de la empleabilidad de sus licenciados, no sólo del número de matriculados. Las universidades deben ser más eficientes en la mejora de la empleabilidad de sus diplomados si no quieren defraudar las expectativas generadas.

 

 

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